Días antes de asistira una clase de actualización sobre la ansiedad, algo me inquietaba. Había leído
cuatro artículos sobre ansiedad y, sin embargo, sentía que faltaba algo. Movida por la curiosidad, me sumergí en la página de Google Ads para descubrir qué busca hoy la gente sobre este tema.
Entre las preguntas más frecuentes encontré: “¿Cómo luchar contra la ansiedad?”, “¿Cómo manejar la ansiedad?”, “¿Cómo eliminar la ansiedad?” Estas búsquedas me recordaron a muchas mujeres que llegan a consulta buscando, casi desesperadamente, una fórmula mágica para dejar de sentir lo que sienten. Llegan asustadas, desbordadas por la intensidad de sus emociones, deseando apagar lo que, en realidad, es un grito interno que pide ser escuchado. Yo misma lo conozco bien.
Uno de los malestares que más mencionan es la rumiación: esa marea de pensamientos que no se detiene, acompañada de deseos de llorar, miedo a perder el control, temor al futuro, sensación de impotencia y la constante presión de tenerlo todo bajo control.
A veces, las imagino llegar a terapia con un bolso enorme colgado al hombro. Durante la sesión,
comienzan a vaciarlo sobre la mesa. Juntas, vamos sacando uno a uno los objetos que las abruman. Los miran, los sienten y, poco a poco, los colocan de nuevo, aunque esta vez en un lugar distinto. A veces es necesario volver sobre el mismo objeto una y otra vez; otras, pasamos a explorar un “artículo” diferente dentro de ese bolso emocional. Así, van reconstruyendo algo nuevo. Y muchas de las cargas más pesadas tienen raíces profundas en expectativas sociales, familiares o en exigencias impuestas sobre cómo “debería” ser la vida. Como si la vida tuviera una receta única.
Fue en aquella clase donde logré reconciliarme, de manera muy personal con la Ansiedad, escuchar a cada compañero compartir su experiencia de como vive cada uno la ansiedad me hizo comprender algo esencial: no existe una sola forma de vivirla. Ninguna experiencia se parecía a otra. Y, quizás, la clave no esté en “controlar” la ansiedad, sino en aceptar que tal vez viene a ofrecernos un diálogo.
¿Qué pasaría si la ansiedad no fuese una enemiga que hay que eliminar, sino una invitación a
detenernos y mirar hacia adentro? Quizá nos esté pidiendo mantener una distancia prudente para preguntarnos: ¿Cómo llegué hasta aquí? y ¿Con qué recursos internos y externos cuento para transitar este momento? La ansiedad puede expresarse de mil maneras: podemos pintarla, escribirla, construirla, bailarla, o simplemente atrevernos a sentirla en el cuerpo. Desde el enfoque centrado en la persona, el proceso consiste en “ofrecer una respuesta a la situación” y en abrirnos a nuevas posibilidades.
Recuerdo especialmente el caso de un consultante diagnosticado con Trastorno Obsesivo-Compulsivo (TOC). Su historia empezó en la adolescencia, cuando su padre reforzaba conductas de orden y limpieza premiándolo con dinero por mantener su habitación impecable. Con el tiempo, esas conductas se convirtieron en virtudes aplaudidas por su entorno: en la escuela, entre amigos y en el
trabajo. La primera vez que loconocí, se presentó diciendo: “Sufro de Trastorno Obsesivo Compulsivo.Mi nombre es…”. Durante una sesión,lo invité a realizar un ejercicio de focusing llamado “Despejar un espacio”. En un momento, le propuse algo delicado: que por un instante se quitara la etiqueta del diagnóstico, asegurándole que podría volvérsela a colocar si así lo deseaba. Al finalizar, me confesó que jamás habría imaginado el alivio tan profundo que sentiría al dejar, aunque fuera por un momento, esa identidad que tanto le pesaba. Descubrió que podía tener una vida funcional, incluso con sus dificultades.
Mi trabajo, en esencia, consiste en ofrecer un espacio seguro y las condiciones necesarias
para que cada consultante pueda entablar ese diálogo con su malestar y, poco a poco, recuperar el sentido de su vida, lo que nos invita a responder desde otro lugar.
Mi ansiedad (trabajo propio de 2024, cuando cursaba terapia de artes expresivas y trauma).